Y además era homosexual, vestía estrafalariamente y estuvo en la cárcel. Oscar O'Flaherty Wills Wilde, para más señas, Oscar Wilde. Nació mediado el siglo XIX, en la plenitud del reinado de Victoria de Inglaterra, y murió, en los albores del siglo XX, todavía bajo esta reinante. En ese encuadre de plenitud y desarrollo británico (desarrollo industrial, económico y como potencia puntera), transcurrieron 44 años de una vida que aún hoy nos resulta admirable, si la observamos con esa lente que él siempre aplicaba, y que nos muestra las cosas bellas hasta en las acciones más mundanas. Porque este muchacho, hijo de un célebre oftalmólogo ebrio de notoriedad (rasgo que heredaría) y de una mujer reactiva, apasionada de la política y colaboradora de un diario revolucionario de Dublín, cometió la osadía de escribir en el prefacio de una de sus dos únicas novelas (El retrato de Dorian Gray), a modo de manifiesto, sentencias tales como "Existen los elegidos para quienes las cosas bellas significan únicamente belleza", "Ningún artista es nunca morboso", "Vicio y virtud son para un artista materiales de un arte".
En estas se aprecia el catecismo de uno de sus preceptores en Oxford, que pretendía una nueva religión del arte y la belleza, como un resurgimiento de la tradición hedonista. Antes de llegar a Oxford, había pasado por dos años de universidad en Dublín y una infancia rebelde, enfrentándose a las convenciones y a lo cotidiano hasta en los más mínimos gestos, como cuando en la escuela se negaba a practicar deporte, tan de boga entre la burguesía victoriana.
Malogra (¿realmente?) su herencia a la muerte de su padre haciendo un viaje por Grecia e Italia, de donde vuelve renovado, apasionado por la antigüedad clásica y cómo no, endeudado. Se ve obligado a reducir su tren de vida.
En contraste con la literatura oficial, conformista, rígida, en una palabra, burguesa, se remarca a Oscar Wilde como el abanderado de un movimiento de renovación, aderezado con los últimos coletazos del romanticismo y el contacto con la escuela simbolista francesa.
Ese París decadente y bohemio de finales de siglo le cala, le lleva a escribir en francés su Salomé, y a morir en la oscuridad, alcohólico, abandonado de todos en aquella Ciudad-Luz.
El brillo en Oscar Wilde no se ha apagado 102 años después de su muerte, ni se apagó en lo que duraron aquellos años de vida feliz tras su matrimonio. Curiosamente es en esta época, más o menos asentada, ya convertido en padre de familia, cuando se propuso escribir más en serio, si esta palabra puede aplicarse a algo relativo a nuestro personaje. Así publicó un volumen de cuentos, El príncipe feliz, dotados de un componente adulto sorprendente, basta remarcar la historia de la Infanta; sus dos novelas: El crimen de Lord Arturo Saville y la ya citada El retrato de Dorian Gray, en las cuales estampa terriblemente (sin perder en la perspectiva el lado terrible de lo patético) la naturaleza humana en todas sus condiciones, con esa fina ironía del humor inglés. Tras ello, se dedicó a la comedia de enredo, enredando con paradojas y juegos de palabras, que le hicieron verdaderamente conocido; tanto que su vanidad crecía imparable. Se decía or entonces que no tenía enemigos, tan sólo "amigos que le detestaban cordialmente". Se había separado de su esposa, mucha gente se negaba a saludarle y era considerado una compañía nociva. Podemos perdonar a un hombre el haber hecho una cosa inútil en tanto no la admire. La única disculpa de haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente.
Tras el proceso, durante el cual no perdió la insolencia y rebeldía que le caracterizaban ("¿Reconoce usted que esta carta es inmoral? -Es mucho peor, está mal escrita"), Oscar Wilde fue hallado culpable de mantener relaciones un tanto sospechosas con el hijo de un marqués (el marqués fue quien interpuso la querella, por "difamación"). Se vio obligado a pasar dos años en la cárcel, donde siguió escribiendo. Así vio la luz La Balada de la cárcel de Reading, en la que un condenado revive la causa de su encierro. Y todos los hombres matan lo que aman, oíd, oídlo todos: algunos lo hacen con una mirada amarga, otros, con una frase lisonjera. ¡El cobarde lo hace con un beso, el valiente, con una espada!
Al salir de la cárcel, desacreditado, humillado, se refugió en París, donde aún reposa su cuerpo. Nadie se pregunta porqué todavía hoy su figura sigue siendo fascinante. Las incongruencias perviven, y fue por encima de su obra literaria, su gran obra, su vida. Todo arte es completamente inútil.
